Video:    Reportaje de NODO: Imagenes de Marañón en el Cigarral de holaToledo y sobre su muerte.

   

(lectura)  Entrevista realizada por el joven discipulo Reverte que retrata la personalidad de Marañón  :

(lectura) Lo que dijeron de Marañon :

 

 

Video: Entrevista en TMT-Popular TV al autor de esta web, y del libro "Gregorio Marañón el regreso del humanismo":  Juan Fco. Jimenez Borreguero

 

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Hace muchos, muchos años, recién terminados mis estudios en la Facultad de Medicina de San Carlos de Madrid, trabajé una temporada como periodista. Fue entonces cuando tuve la idea de entrevistar al Dr. Gregorio Marañón, el gran clínico, Profesor de la Universidad y uno de los primeros endocrinólogos del mundo. Sólo mi juventud, audaz en demasía, era capaz de intentar semejante hazaña. Pero tenía a mi favor la atenuante de que Don Gregorio había sido mi Profesor de Endocrinología, materia optativa que había elegido, obteniendo en los exámenes una buena nota, y además porque asistía como voluntario a su servicio del Instituto de Patología Médica del Hospital General.

Dispuesto a todo, hablé con él en un descanso de las sesiones, le expuse mi pretensión y con su sonrisa característica, me miró fijamente. No sé si notó mi temblor, pero sostuve su mirada y pasados unos segundos que me parecieron eternos, le oí, como si su voz viniese de muy lejos que me decía:

"Pásese mañana a las 7:00 de la tarde por mi casa y hablaremos".

Me dio un vuelco el corazón y le dí las gracias. La alegría me reventaba por las cinchas del caballo como al Hidalgo de la Mancha.

Esperé impaciente a que pasara el día en el Calendario. El invierno había comenzado. Un frío viento que atravesaba los huesos soplaba desde Guadarrama con pésimas intenciones cuando dando un paseo me acerqué por La Castellana a su residencia, con el ánimo de llegar puntualmente a la cita.

Una bien uniformada sirvienta me abrió la puerta, me hizo pasar cuando le dije mi nombre y me llevó hasta una sala donde esperé poco tiempo. A los cinco minutos reapareció la joven y me dijo:

"El Doctor le espera".

La seguí. Entré en el imponente despacho y allí estaba él, el escritor de los médicos y el médico de los escritores.

-"Buenas tardes Profesor, cómo está Usted?"

-"Siéntese joven, siéntese".

"Muchas gracias Don Gregorio, no sé cómo disculparme por mi atrevimiento, pero hacía tiempo que había propuesto a mi Director en el periódico el hacer esta entrevista y como la idea le gustó, esperaba este momento con ansiedad".

- "Le ruego se sienta como en su casa. Conozco a su Director. Sé que aprecia su trabajo. Me alegra mucho poder ayudarle".

Sus palabras, serenas, tranquilizantes, propias de su estilo, me dieron ánimos para proseguir. El ambiente era acogedor. La bien ordenada Biblioteca estaba templada por una calefacción invisible que la hacía más agradable. A un lado, una gran mesa de trabajo, llena de papeles y de libros, dominaba la escena. Detrás, un balcón que daba a la plaza que hoy lleva el nombre del gran maestro de la Medicina que tenía ante mí.

Todo mostraba la permanente actividad del hombre que había formado a tantas generaciones de médicos y escritores dentro y fuera de España, del hombre que había dedicado tantas horas de su vida a investigar los entresijos de la Historia y los rasgos de los más importantes personajes que intervinieron en ella.

"Sentémonos aquí", me dijo señalándome unas butacas. "Estaremos más cómodos".

Me senté frente a él. Los últimos rayos de luz de aquel atardecer invernal que entraban por el balcón, producían en su mirada unos extraños reflejos. ¡Cuántos recuerdos de su vida podían adivinarse en aquellos ojos escrutadores que tenían la particularidad de diagnosticar las afecciones de sus pacientes con una simple mirada!

Nuestra relación era algo más que la del Profesor y el alumno. Eramos amigos a pesar de la diferencia de edad. Siempre me había distinguido en la Sala del Hospital cuando pasaba visita. ¡Lo que yo hubiera dado por disponer de una cámara de video de las actuales y tener las filmaciones de aquellas visitas a los enfermos que eran todo un ejemplo de bien hacer y de buen saber! Allí aprendíamos Medicina de verdad. Algo de mi carácter le debía recordar su propia juventud y de ahí su bondad hacia mí, aunque por otra parte, nada tiene de extraño pues era bondadoso con todo el mundo.

"Mi primera pregunta Don Gregorio, si me lo permite, es: ¿Cuál es el secreto de su vocación?"

"¡Mi vocación!"

En el tono de voz con que repitió aquellas dos palabras, comprendí que había un contenido de inmensos horizontes.

Me miró profundamente.

"¿Usted cree que tenemos una vocación?... No... Usted y yo y otros muchos, tenemos muchas vocaciones, a veces muy escondidas. Las circunstancias de la vida, de cada vida personal, nos empujan en una u otra dirección. Todo, hasta aquello tan aparentemente insignificante como el correr de mi pluma, tiene un sentido providencial.

-"En Usted se ha visto claro que la vocación médica iba de la mano con la histórica".

- "Entre nosotros, creo que la Historia fue primero. La Biblioteca de mi padre era una fuente inagotable en la que bebía con abundancia. Me gustaba leer los clásicos y especialmente unas colecciones que tenía de "La Ilustración Española y Americana" y "El Mundo Universal". Aquellas revistas eran para mí como una selva encantada. Aquellas lecturas me apasionaban. Pero siempre creí que mi inclinación se dirigía hacia la Psicología y más tarde hacia la Neuropsiquiatría. Pero mi viaje a Alemania y especialmente cuando conocí a Ehrlich, me hizo comprender lo que era la vocación médica".

"En la vocación médica se entremezcla un gran amor al prójimo, con un deseo de curar o al menos de aliviar sus males, un afán de investigar, de correr en pos de la verdad y el deseo de enseñar lo que se ha aprendido sobre el conocimiento del hombre. Siempre he tenido muy presente la obra de Cajal "Reglas y Consejos sobre la Investigación Científica".

"Cuéntele todo eso a sus lectores jóvenes. Quizás algo les pueda ser útil. No hay ningún secreto en mi vocación como ve, excepto la pluralidad de caminos y formas en que esta vocación llegó a concretarse."

"¿Qué personas, qué maestros han ejercido más influencia en su vida profesional?"

"Al comienzo dediqué la mayor parte del tiempo a estudiar Medicina. Del inolvidable maestro el Dr. Federico Olóriz recibí estímulos tan directos y ejemplares que a ellos debo gran parte de mi vocación y de mi entusiasmo por nuestra ciencia. Hacia la Medicina Interna y la Endocrinología fueron sin duda Madinaveitia y Alonso Sañudo los que más influyeron en mí. El primero, de quien fui alumno interno, me orientó hacia la Clínica y el segundo hacia la Patología Médica. Con Alejandro San Martín aprendí a ser publicista médico. Don Alejandro fue un gran cirujano, pero hubiera sido mejor fisiólogo. Era la cabeza más clara que haya pasado por la Facultad de Medicina de San Carlos. Más tarde, cuando mi vocación estaba ya formada, influyeron mucho Cortezo, Simarro y Gómez Ocaña. Pero Cajal y su obra me dieron, como a todos los que le conocimos, un sello especialmente personal".

"Tuvo Usted la fortuna de tener grandes maestros".

"Es cierto. Pero, volviendo a su pregunta sobre la vocación, es preciso anotar que el que quiere estudiar, salvo raros casos de vocación muy temprana y muy definida, ha de elegir la profesión a una edad en que la vocación, que es en su fondo biológico, aptitud, no ha madurado todavía. Así, en plena nebulosidad de la adolescencia, ha de ser decidido nuestro futuro social sin aparente razón de peso. A veces será la tradición familiar, o por hacer lo mismo que hace un amigo o bien el mandato de un padre cuando la genuina vocación está aún dormida".

- "¿Cuándo salió Usted al extranjero Don Gregorio?"

"Cuando terminé en España, fuí a Alemania, Francia e Inglaterra, donde aprendí con los mejores maestros. En aquellos días, la investigación de las secreciones internas había comenzado, y dadas las circunstancias, pensé que sería una nueva y espléndida especialidad en nuestro país, desconocida por entonces. Por otra parte, España no estaba todavía preparada para este tipo de investigaciones. En Alemania encontré lo mejores laboratorios. Es todo lo que necesitaba para decidirme. Trabajé intensamente y ya no lo dudé. Aquella sería mi especialidad".

"¿Cuánto tiempo estuvo Usted en el extranjero?"

"Cuatro años en Alemania, tres en Inglaterra y Francia. En todos estos países hice excelentes amistades".

"¿Y a su llegada a España?"

"Comencé a trabajar inmediatamente. Los pacientes empezaron a llegar después de instalarme. Mi suegro, el famoso periodista Miguel Moya, me dió la oportunidad de escribir artículos literarios en la Prensa y el público empezó a conocerme. Trabajaba cada día desde muy temprano (siempre fuí muy madrugador) hasta la noche. Con cinco horas de sueño he tenido siempre suficiente tiempo para el descanso".

"Su obra, que puede calificarse de impresionante, le habrá exigido muchas horas restadas al descanso".

"En todo momento he tenido dos grandes ayudas, la de Lolita, mi esposa, que ha sido la que ha mantenido mi archivo en orden y la de mi hermano José María, gran conocedor del Archivo de Simancas. Otra gran ayuda fue la paz que encontré en mi finca de Toledo "El Cigarral de Menores", donde he escrito la mayor parte de mis libros. En "El Cigarral" han transcurrido mis mejores horas, las más fecundas. Allí, en un hueco que hay debajo de la escalera, me ha gustado siempre refugiarme para leer o escribir (sonrió al decir esto). En la paz q ue allí se respira, mi alma siempre se ha serenado, todo mi ser se restauraba, comprendía el pasado y pensaba en el futuro. Por las tardes, siempre me ha gustado dar un paseo por Toledo, esa ciudad maravillosa por cuyas viejas y estrechas calles, llenas de escudos señoriales, siempre está uno esperando que aparezca un viejo caballero vestido a la antigua usanza con capa, espada, botas de espuelas y chambergo con una pluma".

"He sido muy feliz, muy feliz allí, con Lolita, la compañera de mi vida de viajes y del viaje de mi vida como un día le escribí en una dedicatoria."

Y al decir esto sus ojos despedían una luz que parecía iluminar la Biblioteca.

"Sí, Lolita ha sido mi gran colaboradora", insistió Don Gregorio. "Si no se riegan las flores, mueren, se agostan. Es muy importante regar a la mujer que le acompaña a uno toda la vida y la mejor forma de hacerlo es darle participación en el propio trabajo".

"Sus mejores triunfos han sido sus libros, ¿no es cierto?".

"Mi mayor triunfo han sido mis hijos y luego, esos hijos espirituales que son los libros. Amo a mis libros como amo a mis hijos... "Biopatología de Antonio Pérez", "El Greco y Toledo", "Elogio y nostalgia de Toledo", "Ideas biológicas del P. Feijóo", "El Conde-Duque de Olivares", "Los Tres Vélez" y todos los demás. No sabría decidirme por ninguno en especial si tuviese que elegir".

Ante mi sorpresa, se levantó de su butaca, se dirigió a la mesa de trabajo y tomó un libro. Volvió a sentarse y escribió unas líneas en la primera página y me lo ofreció. Quedé maravillado. Era una bella edición, imposible de encontrar en las librerías, de su obra "Ideas biológicas del P. Feijóo".

"Es para Usted".

- "Muchas gracias Don Gregorio", pude apenas balbucear. "Aprecio mucho este obsequio y espero que algún día podré seguir la senda que Usted nos ha trazado".

"Perdóneme si le estoy quitando mucho de su tiempo. Pero, tengo aún un par de preguntas que me gustaría hacerle si me lo permite".

"Dígame".

"¿Podría saber la razón de que entrase en el camino de la política? ¿No tenía bastante con la Ciencia, la Literatura y la Historia?".

- "Es una larga historia. No soy sabio, ni filósofo, ni gracias a Dios político. Soy sólo un hombre de acción. Como sabe seguramente, fui un buen amigo del Rey Don Alfonso XIII, pero también fui uno de los que trajeron la República a España. Se me ha llamado cariñosamente "El partero de la República". Sería largo de contarle todo lo que me llevó a esto que es un aparente contrasentido, pero varios meses después de la proclamación, después del año 1931, con Alfonso XIII fuera de España, pude comprender y otros muchos conmigo, que habíamos cometido una gran equivocación. Vimos, demasiado tarde por desgracia, que aquello nos conducía a la guerra civil y fué entonces cuando oímos aquellas horribles expresiones de: "¡Abajo los traidores! ¡A muerte con ellos! ¡Que se vayan!". Y las muchedumbres, desatadas, empezaron a quemar iglesias, saqueándolo todo, asesinando indiscriminadamente sacerdotes, monjas y seglares. Durante la guerra civil viví en Francia con mi familia, en Inglaterra y en Argentina".

"Los años que viví en París, durante la guerra, fueron fundamentales en mi vida. Trabajé mucho, libre de ataduras sociales. Viví, a la fuerza, modestísimamente, y tuve también tiempo, que antes no había tenido, para conocerme a mí mismo".

"Y conocí América y puede creerme que el español que ha estado en América, incorpora para siempre a su corazón un elemento perdurable que es la nostalgia de aquellas tierras, la irremediable nostalgia de América que no nos abandonará jamás".

Un velo de melancolía cubrió el rostro del maestro... Parecía estar profetizando sobre mi propia vida. Y muchos años más tarde, después de mis largas estancias y expediciones por diversos países de América y otras partes del mundo recordaría siempre aquellas palabras que reflejarían exactamente mi propia situación y mi propio estado de ánimo y como diría también Don Gregorio en repetidas ocasiones, llegaría a experimentar ese agridulce sentimiento que es "la nostalgia de la nostalgia", algo así como un no estar nunca plenamente a gusto ni aquí ni allá, por haberse dividido nuestro espíritu que vaga simultáneamente por lugares muy alejados uno de otro.

"En sus obras, Don Gregorio, se aprecia que es Usted un gran amante del Arte".

"Mucho, en efecto. Especialmente de la pintura. Si ha leído Usted mi obra sobre El Greco, observará que dediqué muchos días a estudiar sus pinturas. He dedicado otras muchas horas a estudiar a Goya, Velázquez, Murillo, Picasso... Vea esta bellísima talla de la Purísima, obra del propio Greco, la única talla conocida de él y que es un obra de arte que conservo con mucho cariño, o este cuadro en que posé para Zuloaga y que es una de las mejores obras de este gran pintor".

-"¿Y de los pintores de fuera de España, cuáles le gustan más?"

- "Me encantan Tiziano, Rafael, Miguel Angel, Rubens, Teniers, Van Dyck, Mannet, Toulouse-Lautrec, Van Gogh y tantos otros cuyas obras he admirado en Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos y aquí mismo en España. Pero le diré un secreto. Eche una mirada a ese cuadrito que está ahí medio escondido entre los libros de la Biblioteca... No tiene precio... Pues lo compré por 30 libras en Londres, en Portobelo. Si va Usted por Londres, no deje de dar una vuelta por aquel "Rastro" donde encuentra de todo. ¡Esta pintura es un Wilcox! Admiro enormemente el arte de Lucía Wilcox, extraordinaria mujer. La ceguera q ue le afectó durante los últimos años de su vida, hace que sus obras finales sean particularmente interesantes. Exposiciones de sus cuadros se han llevado a cabo por todas las galerías del mundo artístico. Su ceguera fué repentina, aunque no totalmente inesperada. Fue ocasionada por un tumor cercano al quiasma óptico. Después de quedar ciega, exclamaba que veía mejor que antes. La visión de su mente estaba libre de distorsiones estáticas. Su estilo cambió desde siluetas energéticas a amplios cañamazos en un estallido de fulgurantes colores. Estas visiones de su periodo de ceguera han sido imitadas posteriormente por muchos conocidos artistas".

Era demasiado abusar de mi maestro y su valioso tiempo. Decidí no molestarle más.

"Todo cuanto me ha dicho, Don Gregorio, es maravilloso. Le agradezco mucho su ayuda hacia un discípulo y periodista novel. Estoy seguro de que esta entrevista permitirá a muchos lectores conocer la faceta más humanística del Profesor Gregorio Marañón".

Nos levantamos. Su robusta figura parecía llenarlo todo. Un fuerte apretón de manos con su cálida sonrisa puso fin a nuestro encuentro. Me deseó mucha suerte, y me acompañó delicadamente hasta la puerta donde esperaba la sirvienta impecablemente vestida. Allá quedaba el maestro entre sus libros, sus papeles, sus nostalgias y los miles de imágenes de una vida vivida en plenitud por el hombre más humano que he conocido.

 

 

 

 

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En el curso de mi larga vida conocí personas buenísimas Mejor que el ninguno, He tratado con hombres inteligentísimos, mas inteligentes que el ninguno. La eminencia a que desde el primer vuelo se eleva Marañon se debió a la grandeza en grado eminente de las dos alas del espíritu : bondad e inteligencia. La una, articulada en el corazón; la otra, extendida desde el cerebro.

Además un trabajo incesante. Sus arreos fueron todos los medios de hacer el bien o descubrir la verdad, su descanso el trabajar.

 Ramón Pérez Ayala

 

Comprendía el mar y comprendía la montaña. Estaba en su centro, junto al Tajo, y lo estaba junto al Sena; Cuadrábale el severo paisaje del cigarral y le cuadraba la selva inextricable de América. Le querían los bien hallados y le querían los menesterosos

 ¡Ah, qué luminoso vivir !Que tristeza tan honda al ver como el querido amigo emprende el eterno viaje, el viaje del que no se retorna! Y sin que haya estrechado nuestra mano.

Azorin

 

Querido Marañon.  Le ruego atienda en consulta del Hospital a... (..)   padre de mi querido amigo Martin... Salude cariñosamente a su familia y usted sabe que le quiere y admira profundamente.

Federico García Lorca

                                       

De Don Gregorio dos cualidades que se reflejaban visiblemente en su fisonomía me han impresionado siempre profundamente: la inteligencia y la bondad.

Estoy viendo aquel hombre cordial, bondadoso, y acogedor, y admiro profundamente en él una cualidad que no he conocido mas que en otra persona, Xabier Zubiri, de hablar o discutir son sus amigos o interlocutores, no de arriba abajo, como lo hace la mayoría de los maestros grandes o pequeños, sino de abajo a arriba o dando cuando menos la impresión de que lo hacían así.

Una rara y para mi sublime cualidad humana en ese tipo de superhombres. Creo discernir en escritos sobre Albert Einstein que dicha cualidad adornaba también a aquel coloso del intelecto humano

Severo Ochoa

 

Tuvo tres vidas completas, fecundas: la de investigador, la de profesional de la Medicina, la de historiador y escritor.

Julián Marías

 

Uno de los múltiples ejemplos que don Gregorio nos brindó fue el del férreo dominio que siempre tuvo sobre sí mismo; de él pudiera decirse, sin conceder margen alguno al error, que fue el módulo del hombre culto tal como quería Ortega: aquel que ha tomado posesión de todo sí mismo.

 Marañón, dueño de todo sí mismo, administró su caudal exigentemente consigo mismo y dadivosamente con los demás. Nadie, como él, con el sí más pronto a la amistad y nadie como él, tampoco, con mano más dura para la propia exigencia.

Camilo José Cela

Marañón y el hombre  1861

 

 

OJOS HUMANOS  (Gregorio Marañón)

 

Tenía unos ojos oscuros,

cejas espesas, bajas, que daban una sombra buena

a su  luz confiada.

Nacía ese destello

y no diríais que era luz de un niño.

Alli, en su origen, con pureza tanta.

 

Pero cuando llegaba a los hombres

aquella luz había

hecho un duro viaje; milagrosamente limpia aún,

mas en largo transcurso.

 

Su rayo había crecido entre la muerte,

entre crudas u horribles agonías,

entre el nacimiento y el llanto,

entre la risa hermosa de los sanos,

y había viajado extensamente, con detenciones tristes,

con paradas alegres.

 

Allí había instalado en la salud a un niño como en un campo de júbilo y verdura.

Esa luz misma, como un brazo firme,

trajo a un viejo a un más dulce poniente,

y fue de pronto el fresco

chorro para su boca amortecida,

o una nube piadosa.

 

Conoció y quiso y pudo, y largo hizo, no infinito, el viaje.

Aquí esa luz ayudó a vida, engañó a muerte.

Y en horas finales, cuando el sol definitivamente se ha puesto,

en la tiniebla penúltima, fue un rayo aún a quien nada veía.

 Ah, cuántos, ciegos ya, vieron brillar

 una luz aún real sólo a los labios.

 

Los pobres de la tierra, si no riqueza, vida sí cumplieron,

porque él supo ser justo.

 Y en su mirada se fue depositando

la súplica del solo,

el miedo del que teme, la cólera del santo, los acentos

 del que maldice y mira con ojo seco y luto.

 

¡Oh, el viaje en sus ojos!

Y así,aquella mirada nos llegaba con lo que súbito todo resumía.

 Cuando puesta su mano sobre vuestro hombro, os miraba, veíais...

la sorprendente confianza en el hombre.

¡Ah resumen de ciencia!

 Allí sí, confirmada, esforzadamente aportada,

victoriosa del largo día, de la larguísima noche, en luces y espantos,

os entregaba su verdad como una luz desde sus ojos sostenidos.

 

Ah, cuántos hombres quedan

o destruidos o muertos, y sabios y apartados.

Porque para muchos conocer es descreer.

Pero para aquel hombre tan vivido,

que vivió muchas vidas, que las bebió y las hizo algo más que la vida pues las hizo esperanza,

del enorme convoy que atravesó su vista         

nos trajo su luz pura,

 su luz cargada con la entera palabra que sin letras decía.

 

Resplandezca su nombre calladamente mudo, como signo

 que el hombre hace a los hombres:                        

  ¡Fidelidad humana!  

                                   

Vicente Aleixandre

Retratos con nombre

 

 

(...) Me preguntó qué poderosa organización de su talento le permitía aten­der a la bibliografía médica, contribuir a la literatura científica médica, velar por su «servicio» del hospital, ver a sus enfermos particulares, hacer sus investiga­ciones históricas, organizar y redactar obras monumentales que habrían consumido una vida (Antonio Pérez, El Conde-Duque, El Greco y Toledo, etcétera), multiplicar sus ensayos literarios y médico-literarios, asistir a las Academias (ante todo, a los jueves de la Española, a los que nunca faltaba), y colaborar allí en los trabajos, escribir discursos, contestar a recepciones públicas, redactar prólogos innumerables para libros de escritores, ya famosos, ya desconocidos (pues todo el mundo quería su espaldarazo), cumplir con infinitos deberes sociales, pues su bondad y su cortesía nunca rehuyó el hacerlo, contestar a cualquier libro, folleto o mínima carta que le enviábamos...»

Dámaso Alonso

Que las nuevas generaciones sigan su ejemplo. En homenaje a Gregorio Marañón.  1968

 

Jo no vaíg tenir l'oportunitat de conéixer el doctor Marañón, pero de dues coses estic segur: que m'hauría agradat molt el seu trácte i que al seu davant no hauria, es ciar, gosat ni piular.

 No vaig conéixer l'home, pero he fullejot una mica els seus  llibres i admiro sense objeccions la nítídesa de la seva prosa castellana —una de les millors proses castellanes del nostre segle— i el seu pensament gé­neros i Iliberal. Sí el seguíssim, potser la nostra vida collectiva sería mes plañera o, almenys, no tan incómoda. Sí, potser milloraría la nostra vida, si ens esforgá-vem a imitar la seva somrient tolerancia i féiem cas deis seus savis consells.

Salvador Espriú

«Unes paraules sobre Marañón» En Cataluña al doctor Marañón. 1964.

 

 

Llega uno a él como a esos parajes gratos donde es bueno reposar. Desde él se ve el mar y el día azul está sobre nosotros, fijo, seguro de que no nos va a dejar.

¿Es un pino —hombre— el que nos habla, arraigado firmemente, con nidos en su copa? Ahora, de pronto —tal es su realidad—, no sabemos si la imagen es real o pintada por un gran pintor exaltador de lo real, realidad doble.

Asepsia y poesía se han hecho aquí suelo firme y hermosura de vivir —ma­ravilloso encerramiento de ambas en una jaula de libertad—. Es como si las dos —anverso y reverso de una medalla de oro— se diesen a gusto, generosamente, en salud y paz.

Entonces, después de haber bebido un sorbo de agua clara y fresca en el manantial que está en el pino, con la seguridad de que está allí Minerva, segui­mos el camino, una flor en la mano, una flor suya, cantando jubilosos que, a ve­ces, la naturaleza se complace en acusar lo natural de toda en ella en un tipo o muestra. Tipo, muestra, ejemplo de lo natural mejor, de lo completo suficiente, este Gregorio Marañón hombre-pino.

Juan Ramón Jiménez           

. Retratos líricos

 

Ha sido Marañón, al lado de un hombre de ciencia, un espíritu del Renacimiento. Inquieto, apasionado, de sentimientos nobles y elevados, han promovido durante cincuenta años, en la vida española, interés sus opiniones médicas, ar­tísticas, críticas y literarias; y en todos los campos de su actividad ha sabido abrir horizontes (...)

Amó y entendió a España como pocos, y contribuyó a hacerla amar y comprender con el esfuerzo tenaz de esa vida que acaba de extinguirse.

Carlos Jiménez-Díaz

 «Amó y entendió a España». En Homenaje a Gregorio Marañón. Ed. Prensa Española, Madrid, 1960.

 

 

Amó el mundo con «ternura de pasajero»; amó con pasión e inquietud su propio tiempo, y por lo tanto el agridulce presente sucesivo; vivió, según su propio testimonio en una permanente «luna de miel del amor a las cosas», aun cuando estas mostrasen una apariencia de enfermedad, error o vicio.

Su tiempo interior era inquieta conjunción caminante de un «hoy», un «mañana» y un «todavía». Fue en suma una persona que, a través de sus vocaciones específicas, sus es­pléndidos y múltiples talentos, sus amores y aversiones, sus maneras propias y sus inexorables deficiencias quiso ser una singular visión cristiana del homo humanus de la Antigüedad, aquel a quien nada de lo humano le parecía ajeno.

Laín Entralgo

«Vida, obra y persona de Gregorio Marañan». En Obras completas. Tomo I. Espasa-Calpe. Madrid, 1960.

 

Cuando Marañón se fue, hace diez años ya, escribí unas palabras que quie­ro recordar en esta Academia Española donde no pude convivir con él: «Si se me pidiera decir en sólo tres palabras lo que los españoles hemos perdido con la muerte de don Gregorio, yo diría que el poder llamar a Marañón.

 Esta expresión significa su enorme disponibilidad y cómo era sentida. La raíz de ella era, naturalmente, su ilimitada liberalidad, su insobornable liberalismo. Marañan, en tantos órdenes, era una instancia a la que se podía siempre recurrir: como médico, como hombre de ciencia, para un consejo, para una conciliación (...)

Marañón representó siempre el espíritu de continuidad, de conciliación, de paz —la verdadera paz activa y creadora—.

Julián Marías

Palabras pronunciadas en el homenaje de la Real Academia Española a don Gregorio

Marañan. 20 de diciembre de 1970.

 

 

Vivió siempre esforzándose en hacer el bien en torno suyo, el bien que él, por sus altas dotes, podía hacer de tantas maneras. ;

Ramón Menéndez Pidal

«Un rudo golpe para España». En Homenaje a Gregorio Marañón. Ed. Prensa Española. Madrid, 1960.

 

 

Don Gregorio fue un liberal, porque se mantuvo siempre contra el espíritu violencia y no digamos contra la violencia geológica y concreta. Su buen sentido,  su liberalismo, fue total, por una razón muy clara: porque se enfrentó no solamente contra los desafueros de las mayorías, sino contra el de las minorías. Esto es importantísimo, por su singularidad en un país de tanta pasionalidad de clima, de manera de ser y de temperamento.

, José Pla

“«Don Gregorio». En Cataluña al doctor Marañón. Barcelona, 1964